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A punto de decir…

No deja de ser curioso que haya encuentros tan fortuitos, tan casuales, tan inesperados que producen una cierta sensación de irrealidad. Son, a veces, sen cillas coincidencias que se parecen demasiado al simple paso de alguien a nuestro lado, deambulando por la calle, a quien quizá nunca jamás volveremos a ver, en el supuesto de que pueda decirse que le hemos visto. Pasa y se va. Si ya este solo hecho es enigmático, la cosa se agudiza cuando cruzamos unas palabras, tal vez insustanciales, pero que permiten algún ajetreo de las sensaciones y de los afectos, algún movimiento, siquiera mínimo, del alma.

Nos agradan o desagradan, más o menos. En cierto modo cabe siquiera la solidaridad de los compañeros de viaje y, más aún, la de aquellos a quienes les corresponde compartir alguna suerte o destino común. Así somos los mortales. Una pregunta, un comentario fugaz, un juicio precipitado por algo que ocurre, un hablar, no necesariamente del tiempo, un rato de ascensor, de espera, de demora, un aeropuerto, un hospital, y quizá entonces sintamos que, aunque las direcciones de nuestro caminar no coincidan, sí lo hacen los sentidos en los que lo hacemos. Vamos juntos.

Es hermoso recordar que Sócrates tranquiliza a Aristodemo sobre cómo explicarse por asistir a un banquete en honor de Agatón, sin ser explícitamente invitado. «Juntos lo dos, mientras vamos de camino, deliberaremos qué vamos a decir». Platón nos ofrece una decisiva coincidencia, la de la palabra por venir y el camino por recorrer y la compañía; es decir, la complicidad de la arta compartida. Ya no es el movimiento que lleva del uno al otro, es el que les pone en marcha hada algo otro, quizá hacia los otros.

Resulta misterioso que a esos seres que quizá como compañeros de estudios, de adolescencia, de madurez, de amores, de trabajos, de travesía, alentaron tanto algunos de nuestros días no les volveremos a ver. Tal vez en cierta ocasión no dormimos recreándonos con ellos. Siempre quedará pendiente una conversación que quizá nunca tenga lugar. «Le habría dicho», «le hubiera dicho», «le diría», «le llamaré», «le llamaría»… pero podría ser que eso no ocurriera jamás. Están ahí con una proximidad inaccesible.

Pasan una y otra vez cerca, pero no encontramos la ocasión de decir, porque pudiera ser que ya se hubiera desvanecido. Nos sentimos y les sentimos. No son ni siquiera algo perdido. Es aún más complejo. Son siempre una oportunidad para una verdadera conversación, en toda su plenitud, en todos los sentidos, en los del itinerario convivido, pero también cabe que todo se quede en unas palabras que jamás lleguen a decirse.

Su marcha no es una huida, pero la distancia nunca la salvará palabra alguna, salvo que sea la propia palabra la efectiva relación y venga a hacer lo que nunca nos atrevemos a decir

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